Hideyo Noguchi Superstar. Un siglo del saneamiento de Guayaquil

Fotografía de Hideyo Noguchi Superstar. Un siglo del saneamiento de Guayaquil

Volviendo en el tiempo

Hace un siglo, los diferentes puertos del Pacífico sudamericano (también de África y Asia) eran un ir y venir de productos de economía primaria, o sea, provenientes de la minería, la agricultura y la ganadería. Europa y Estados Unidos veían a Guayaquil, en esta autopista de exportaciones e importaciones, como un punto complejo: primero, la Costa entera vivía su segundo boom cacaotero (1880-1920); segundo, la ciudad era un espacio oscuro debido al florecimiento de pestes diversas. Algo de la memoria del nombre de los astilleros guayaquileños dejaba a un lado a puertos como Buenaventura y el Callao.

Aprovechando la coyuntura, las élites porteñas deseaban recuperar a la ciudad y ofrecer una cara distinta. Una mirada positiva de la urbe dependía en gran medida del desarrollo económico. La idea era que el puerto volcara su rostro burgués hacia uno que pudiera llamarse moderno.

En tal contexto, hace cien años el Dr. Noguchi llegó a estas tierras que deseaban alejarse de la coordenada de puerto pestífero, cuando las asolaba el tifus exantemático, el cólera, la peste bubónica y el vómito prieto (fiebre amarilla). La trama de la ciudad la dibujaban rutas de fumaderos de opio, asiduamente visitados y descritos por los poetas modernistas. El investigador se había habituado al sabor del inglés de la investigación científica como le ocurriría después con el castellano de América Latina. Cuando el barco Uyacali, en el que venía desde El Callao, atracó en el muelle Guayaquileño, lo acompañaba la estela de su prestigio.

Nacido en el norteño pueblo de Inawashiro, prefectura de Fukushima, como Seisaku, había cambiado su nombre por el de un personaje de ficción de una novela que le atrajo. Deseaba olvidar un accidente que tuvo de muy pequeño, cuando cayo en una chimenea y las quemaduras le cubrieron gran parte de brazos, especialmente la mano izquierda. Tras cirugías recuperó en mucho la movilidad de sus miembros y decidió estudiar medicina. El aspecto de sus manos, como resultado de las heridas, no agradaba para nada a sus superiores, que más bien lo condujeron hacia la investigación y no lo destinaron a la atención al público, considerando esas cicatrices una vergüenza y algo abominable que iba a generar distancias innecesarias.

Pero el Instituto Rockefeller sí vieron la forma de aprovechar el potencial de Noguchi, quien ingresó a trabajar ahí. Venía con los salubristas dirigidos por Michael O’Connor. Unieron esfuerzos el Drt. Wenceslao Pareja, director del Hospital de Fiebere Amarilla de Guayaquil, y el Dr. León Becerra, director general de Sanidad. Presidía el Concejo Municipal guayaquileño Rodolfo Baquerizo Moreno.

Cuando Noguchi se doctoró en 1896, supo que la investigación sería la ruta de su vida. En 1900 viajó a Estados Unidos y fue asistente de investigación del laboratorio dirigido por el Dr. Simon Flexner en la Universidad de Pensylvania. En 1913 descubrió que el treponema pálido, responsable del contagio de la sífilis, se afincaba en el cerebro humano y le adjudicó daños en el sistema nervioso central. Aún faltaría mucho para llegar a 1930, año en que Guayaquil sería declarada por la Oficina Sanitaria Panamericana como Puerto Limpio Clase A, el estadio al que llegan las ciudades que pasan por un saneamiento del crecimiento incontrolable de ciertas pestes.

Hideyo Noguchi decidió quedarse en Guayaquil por cerca de un año; nadie en su equipo decidió hacerlo. Sus recomendaciones obvias fueron limpiar canales, dejar de arrojar desperdicios a las vías de la urbe. Uno de los indicadores demográficos que más preocupaba y hollaba el espíritu de los guayaquileños fue el de la mortalidad infantil.

Noguchi Superstar

Cuando modela sus esculturas, Tony Balseca (Guayaquil, 1975) estudia con minucia y neurosis a sus personajes. Desde el instante en que Jaime Simons, cónsul General Honorario de Japón en Guayaquil, decidió encargar en sus hábiles manos el busto del científico nipón, rastreó cuanta información disponible tuvo a la mano. Literalmente, empapeló su estudio con fotografías de Hideyo Noguchi, quien varias veces fue nominado al Premio Nobel de Medicina. […]

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Este extracto es parte del artículo original publicado en el diario EL TELÉGRAFO el 02/02/2018 en el suplemento Cartón Piedra. Autor: Luis Carlos Mussó | Fotografía: William Orellana.

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